La Paz: Esa frágil artesanía de lo cotidiano

Hemos usado tanto la palabra «paz» que a veces, parece de plástico. La usamos para decorar discursos o para cerrar correos electrónicos, mientras el mundo, ahí fuera y aquí dentro, parece empeñado en desmentirla. La paz no es un estado de calma, ni esa ausencia de ruido que solo disfrutan quienes pueden permitirse el silencio.

El mapa del estruendo

Si miramos el mapa, la paz aparece como un bien escaso. Hay violencia con un estruendo obvio: el de las armas que no callan, el de una Venezuela que duele en el exilio y en la carestía, o la tensión de un Estados Unidos donde el vecino es visto como una amenaza ideológica. Incluso en los márgenes del telediario, en lugares como Camboya o Yemen.

Pero hay otra violencia, más sorda y cercana, que no sale en los titulares internacionales. Es la violencia del «no llego». La del vecino que cuenta los días para que se agote su contrato de alquiler y se encuentra con puertas cerradas y precios que son muros. La del que ve cómo su puesto de trabajo se esfuma y, con él, su lugar en el mundo. ¿Se puede hablar de paz con el estómago encogido por la incertidumbre?

Más que silencio de fusiles

Hablar de paz hoy no es pedir que dejen de disparar —que también—, sino exigir que se empiece a cuidar. La paz no es un vacío (ausencia de guerra), es una plenitud (presencia de justicia). Como dice el profeta Isaías, la paz es el fruto de la justicia.

La paz no es la meta, es el camino; y es un camino que se ensancha cuando alguien decide que el beneficio propio no justifica el desahucio del otro.

No se trata de ser «buenos» por ingenuidad, sino de ser lúcidos por responsabilidad. La paz hoy se traduce en:

  • Palabras que tiendan puentes en lugar de levantar trincheras.
  • Estructuras económicas donde el éxito de unos no dependa de la exclusión de tantos.

Una paz con cicatrices

La paz que necesitamos no es la de los ángeles, es la de los hombres y mujeres que saben que el mundo está roto y, aun así, se empeñan en remendarlo. Es una paz con las manos manchadas de realidad.

Hablar de paz hoy es, en definitiva, rebelarse contra la resignación. Es creer que la lógica de la fuerza no tiene la última palabra y que el cuidado del más frágil es la única medida real de nuestra civilización. No es una cuestión de etiquetas políticas, es una cuestión de humanidad compartida.

Porque, al final, la paz se construye cada vez que alguien, en lugar de cerrar la puerta decide hacer sitio al otro.

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