A veces, el calendario nos regala metáforas que no podemos ignorar. Este año, mientras los cristianos nos adentramos en el desierto de la Cuaresma, nuestros hermanos musulmanes comienzan a transitar el mes sagrado del Ramadán. Es un encuentro en el tiempo, un cruce de caminos donde el silencio se vuelve compartido y el hambre se transforma en oración.
En una sociedad que corre rápido y consume sin pausa, estas dos tradiciones se detienen. No para castigar el cuerpo, sino para ensanchar el alma.
Una sed compartida
Visto desde fuera, el diálogo interreligioso puede parecer una mesa de debate teológico. Pero desde el suelo de Red Íncola, sabemos que el diálogo más real es el de la vida compartida. Es el que sucede cuando nos damos cuenta de que, bajo nombres distintos, buscamos lo mismo:
· La mirada hacia dentro (Ascesis): Tanto la Cuaresma como el Ramadán son una invitación a limpiar la mirada. Es un «quitar ruido» para escuchar lo que de verdad importa.
· La mesa vacía para el otro (Solidaridad): El ayuno no tiene sentido si se queda en el estómago. En ambas tradiciones, lo que dejamos de consumir se convierte en justicia social. Si yo ayuno, es para que el otro coma; si yo me privo, es para que mi hermano crezca.
· La vulnerabilidad: Sentir la debilidad nos hace más humanos. Nos recuerda que no somos autosuficientes y que necesitamos de la misericordia de Dios y del apoyo de la comunidad.
Diferencias que enriquecen
Por supuesto, no somos iguales, y ahí reside la belleza. Mientras el cristiano camina hacia la entrega de la Cruz y el estallido de la Pascua, el musulmán celebra el descenso de la Palabra de Dios (el Corán) a la tierra.
La Cuaresma es un goteo constante de 40 días; el Ramadán es un ritmo de luz y sombra, de privación diurna y celebración comunitaria al caer el sol. Pero estas diferencias no son muros, sino matices de una misma sed de Infinito.
Del prejuicio a la hospitalidad
En Red Íncola vemos rostros, no etiquetas. Cuando un joven musulmán y un voluntario cristiano comparten una tarde de apoyo escolar o un café, están haciendo teología sin saberlo. Están rompiendo ese muro del miedo que a menudo construimos por desconocimiento.
El diálogo no es convencer al otro, sino dejarse conmover por él. Es entender que el Dios que nos habita no quiere ejércitos enfrentados, sino una mesa larga donde quepan todas las esperanzas.
Que este tiempo de coincidencia sagrada nos sirva para entender que, aunque oremos en lenguas distintas y con gestos diversos, el suspiro del corazón que busca paz es el mismo. Porque al final, en el hambre del cuerpo y en el anhelo del espíritu, todos somos, sencillamente, hijos del mismo Amor.