El soplo de veinte años: Red Íncola y el arte de volver a la esperanza

Dicen que veinte años no es nada. Lo cantaba Gardel con esa nostalgia porteña que arrastra el alma hacia lo que fue. Pero quienes hemos habitado los pasillos de Red Íncola, quienes hemos visto las suelas gastadas de tantos caminantes y las manos tendidas de tantos voluntarios, sabemos que en ese «soplo la vida» cabe, en realidad, el mundo entero.

Hoy, al celebrar las dos décadas de Red Íncola, nos descubrimos habitando ese mismo verso. Porque en el mundo de la hospitalidad, veinte años no son un monumento al pasado, sino la confirmación de que el compromiso es un eterno presente.

Dice la canción que “es un soplo la vida”. En Red Íncola lo sabemos bien. Lo vemos cada mañana en los ojos de quienes llegan a nuestra puerta con la vida metida en una mochila o en una mirada cansada. La vida es, efectivamente, un soplo: frágil, impredecible, a veces gélida y otras veces cálida.

Nuestra misión en estos veinte años no ha sido otra que hacer de paravientos. Ser ese espacio donde el soplo de los más vulnerables no se apague. En una sociedad que corre sin mirar a los lados, la hospitalidad consiste en detenerse para proteger esa llama pequeña , la dignidad de cada persona, que el viento de la exclusión intenta extinguir.

 

“Que febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra”. Estas palabras de Gardel bien podrían describir la realidad de tantos hermanos que caminan por nuestras calles como invisibles. Personas que atraviesan las sombras de la burocracia, del rechazo o de la soledad.

Celebrar veinte años es agradecer que hemos aprendido a mirar de otra manera. No como quien observa un problema estadístico, sino como quien busca un rostro. Buscar no es solo ver; es reconocer al otro como igual. Nombrar es el primer acto de justicia: devolver la identidad a quien el sistema ha intentado convertir en un número.

En Red Íncola, el «volver» de cada día es regresar a esa mirada limpia que, en medio de las sombras de nuestro mundo, es capaz de descubrir una historia sagrada en cada nombre.

El tango termina con esa determinación de quien vive “con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez”. Nosotros preferimos vivir con el alma aferrada a una esperanza terca.

Veinte años de red nos han enseñado que la justicia social no es una meta que se alcanza y se archiva. Es un camino que se vuelve a recorrer cada mañana. Es el café compartido, el aula de refuerzo donde un niño vuelve a creer en sí mismo, el acompañamiento en la búsqueda de empleo que devuelve la autonomía.


Al mirar atrás, nos damos cuenta de que estos veinte años han sido un suspiro lleno de nombres, de abrazos y de mesas compartidas. No celebramos una estructura, sino una red de voluntades que decidió que Valladolid fuera un lugar un poco más humano.

Si veinte años no es nada, es porque todavía nos queda mucho por hacer. Porque mientras el soplo de la vida de un solo hermano sea amenazado, Red Íncola tendrá una razón para volver a empezar, para volver a buscar y para volver a nombrar.

Que estos veinte años sean solo el preludio de otros tantos habitando la frontera, celebrando la diversidad y, sobre todo, manteniendo encendida la lámpara de la hospitalidad.


Eduardo  Menchaca

F. Entreculturas.

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