Más lejos que nunca

Me llamo Carmen, soy madre de 4 hijos y abuela de 7 nietos. Todos ellos viven fuera de mi comunidad: a cientos de kilómetros en algunos casos, a más de 10.000 kms en otros. Antes, esta distancia no era un problema: ellos venían, yo iba en coche, tren, avión o como hiciera falta, porque aprovechaba cualquier ocasión para reunirme con ellos.

Ahora, todo ha cambiado, y conforme van pasando los meses lejos de ellos es cuando se siente más dolorosa la gran distancia física que se interpone entre nosotros.

Soy afortunada. Siempre aproveché todas las ocasiones que pude para reunirme con ellos, y valoré la suerte que tenía de poder viajar. Me preocupaba, si me permitís sincerarme, que llegara el día en el que, por mi edad, no pudiera afrontar esos viajes en solitario. Ahora, como a tantos de nosotros, la situación me obliga a mantenerme a distancia y a contar cada día, cada semana, cada mes que va pasando sin poder abrazarlos. Sé que no soy la única. Sé que muchos estamos en situaciones similares en este momento. Ni vosotras ni yo somos las únicas en una situación similar.

Pienso en tantas mujeres migrantes que han dejado en sus lejanos países de origen a sus hijos, nietos, maridos, padres… a una gran familia a la que no pueden volver a ver en años por motivos económicos o legales. A pesar de la distancia, la vida sigue transcurriendo. Recuerdo mujeres que me contaban que sus hijos se habían graduado y no pudieron ir a celebrarlo con ellos. O que habían tenido un nieto, al que sólo podían conocer virtualmente, sin posibilidad de cogerlo en brazos. O padres, familiares y amigos que fallecieron y no pudieron despedirse ni acompañar a sus seres queridos en tan doloroso momento.

¡Qué habrán pensado estas personas cuando nos quejamos de que llevamos tres meses sin ver a nuestros seres queridos, cuando ellos llevan años y años en una situación así! Lo dejaron todo buscando una oportunidad, y a este dolor por la separación hay que sumar la soledad en la que muchas personas viven entre nosotros. En un país extraño, en el que en ocasiones ni siquiera el idioma es el mismo de su lugar de origen, empiezan una nueva vida desde cero, consiguiendo con suerte algunos pocos amigos, viviendo con lo justo para poder ahorrar y desandar el camino de vuelta a casa. ¿Y nosotros?

Mientras vivíamos nuestras ajetreadas vidas previas a la pandemia, las migrantes llenaban su soledad y falta de afecto de los suyos cuidando de los nuestros, abrazando a nuestros nietos, dando compañía y cuidados a nuestros mayores, llenando un espacio que a veces, nosotros, dejábamos vacío.

Una realidad no buscada y para nada deseada nos recuerda una lección que bien conocemos: amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor.

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